Politica

el nuevo libro sobre Susan Sontag


En este libro breve y potente, Melina Varnavoglou (1992, poeta y filósofa) decide llamar “Susan” a la Sontag y con ello la desliga de los apellidos paternos. (Sontag fue el apellido de su padrastro; Rosenblatt era el apellido de su padre, quien murió antes de que ella pudiera entablar una relación con él). A pesar de que me cuesta llamar a una mujer por su nombre de pila porque a veces eso tiende a desautorizarnos epistémica y políticamente, yo la sigo a la autora en esta decisión porque también ocurre que hay algo icónico en la persona de Susan Sontag. Al insistir en llamarla “Susan”, Varnavoglou está señalando que se trata de alguien que no solamente es parte de la vida de Melina (su usuario de instagram es, de hecho, “@fakesusansontag”), sino que, sobre todo, ya trascendió al plano de la consagración indiscutible. No sé si Susan estaría de acuerdo, probablemente sí; creo que muchos de sus contemporáneos, como Andy Warhol que la apodó “Miss Camp”, aprobarían.

La puerta de entrada de Varnavoglou a la obra de Susan fue, aparentemente, casual. Pero no del todo. A mi pregunta de por qué eligió a Susan Sontag para este libro, me responde: “Encontré Contra la interpretación en la feria de libros de Parque Rivadavia. Me gustó simplemente el título y la foto de ella en la portada y quise leerla. No conocía a ninguno de los autores de los que hablaba, entonces me puse a buscar todo y hasta creo que para entenderla me puse a estudiar filosofía. Pero sobre todo busqué relacionarme con gente que hubiese visto esas películas y hubiese leído las novelas que mencionaba. Aspiracionalmente quizás, pero sobre todo por curiosidad a mí me pasó a interesar simplemente ese mundo cultural porque era ella quien lo traía. Me influenció. Como ahora tanto se pretende hacer”. Toparse con ella fue lo que Varnavoglou estaba buscando para empezar a armarse un canon nuevo. Un libro es importante cuando al leerlo descubrimos una biblioteca. Una autora es fundamental cuando construye y comparte un archivo que no teníamos disponible de antemano. 

Una topadora contra los lugares comunes: el nuevo libro sobre Susan Sontag

Pero la admiración no se queda ahí. Susan, me dice Varnavoglou, “era una persona comprometida políticamente, que iba a las marchas, que se hace lesbiana a los cuarenta, que tenía amigos (como Paul Thek, a quien dedica El Sida y sus metáforas) que murieron de SIDA en los 80. Montó Esperando a Godot en Sarajevo, fue corresponsal en Vietnam y filmó a las tropas israelíes entrando en los Altos del Golán. Es decir era alguien que nunca paro de correr riesgos. Eso para mí es muy importante a la hora de hacer filosofía”.

Al leer Susan Sontag (el libro de Varnavoglou) tuve la impresión de que Susan fue lo contrario de los agentes de la crítica cultural contra quienes Theodor W. Adorno despotricó en su famoso texto “La crítica de la cultura y la sociedad”. Adorno fue víctima de bastantes de las taras epistémicas (el giro no es de él) que él mismo notó en la crítica cultural de su contemporaneidad europea y estadounidense. Pero Susan, que también criticó la cultura, no se cayó detrás del velo distorsivo de la actitud moralizante y edificante de sus guardianes. Ella se abocó a destruir las mediaciones domesticadoras y subhumanizantes que pueblan nuestros juegos del lenguaje y el celo (el gatekeeping) con el que los dispositivos y los agentes de la crítica (de la industria) cultural deciden por todo el resto qué es y qué no es digno de ser visto, leído, escuchado y reproducido. Pudo hacerlo porque fue muy consciente de su inserción en la misma situación cultural que atacaba: su lucidez consistió en que se daba cuenta del carácter productor de subjetividad y reproductor de las condiciones materiales que tienen, por mencionar el caso más evidente de su obra, las metáforas sobre la enfermedad y, al mismo tiempo, no se pretendía por encima de ellas.

Las reflexiones de Susan sobre los objetos culturales no perdieron un segundo de vigencia. Varnavoglou lo explica así: “el descubrimiento sontagiano más aterrador es que los mismos objetos culturales que producimos para acercarnos a los hechos y a los demás terminan por producir el efecto contrario. La fotografía de guerra empezó siendo un documento clave de denuncia y de sensibilización política, ahora es quizás lo que más nos anestesia, satura y aleja del compromiso. En Instagram o Tiktok pueden convivir en el mismo acto perceptivo el video el cadáver de un niño en Gaza con una receta de comida, con una foto de las vacaciones de alguien. Eso no permite siquiera detenerse a mirar, lo swipeamos porque ya sabemos ‘lo que es’, y por ahí hasta nos resulte más intrigante llegar hasta el final del reel sobre la receta de comida. Sin embargo, Susan no moraliza esa actitud”. Melina trae estas dos citas de Susan: “El hecho de que no seamos transformados por completo, de que podamos apartarnos, volver la página, cambiar de canal, no impugna el valor ético de un asalto de imágenes”; “La gente puede retraerse no sólo porque una dieta regular de imágenes violentas la ha vuelto indiferente, sino porque tiene miedo”.

El libro de Varnavoglou es una buena guía de lectura de la obra escrita y audiovisual de Susan porque llama a poner el ojo en la inmediatez mil veces mediada de eso que Walter Benjamin llamó la “pobreza de la experiencia”. Esto fue lo que Susan hizo con el cáncer o con su descubrimiento del orgasmo bien pasada la adolescencia y la maternidad. Nadie que sacralice sus vivencias puede entender en realidad nada de lo que está pasando y le está pasando. De ahí la importancia de obras desacralizadoras como la de Susan Sontag. 

La edición se completa con una entrevista a Sebastián Santillán y con un glosario a cargo de Irene Ortiz Gala.



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