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Asesinar el Líbano


Quizás usted haya estudiado en alguna vida lo que fue “el creciente fértil”. Así se llama al arco donde nació la civilización en esas regiones medio-orientales, que van desde la Mesopotamia, que forman los ríos Éufrates y Tigris, hasta el río Nilo en Egipto. Justo en el medio de ese creciente se encuentra el territorio que hoy conocemos como República del Líbano. No es para menos. Conocidos como fenicios, inventaron el comercio y se lanzaron al mar Mediterráneo donde fundaron emporios y ciudades, tan conocidas como Cartago (hoy Túnez) o Cádiz. Para el primer milenio antes de Cristo ya existían las ciudades de Byblos, Sidon, Tiro y Beirut. En el antiguo Líbano se trabajaba el vidrio, el metal, ¡el vino!

Y además crearon un alfabeto de 22 letras que luego sería… el alfabeto occidental. De nada.

En un lugar estratégico, recibieron todas las influencias de las civilizaciones antiguas y modernas, que fueron incorporadas con más o menos suerte, con lo que no es de sorprender que haya por lo menos 18 religiones diferentes en un territorio que es la mitad de nuestra provincia de Tucumán para poco menos de seis millones de libaneses.

Digamos que durante demasiado tiempo, la confesionalidad en votos y en funciones entreveró la política local, un regalo de la institucionalidad dejada por la potencia colonial francesa desde 1943. Era la idea que los cristianos prevalecieran sobre poblaciones musulmanas. Sin embargo, esa tierra de civilización hoy es noticia por los ataques que sufren ciudades como Tiro y Beirut. Los bombardeos ya no distinguen credos ni clases. Los libaneses son masacrados porque existen.

Ah, debieron desarmar a Hezbollah, “no respetaron las condiciones de cese el fuego” dicen. Para Occidente es una organización terrorista. ¡Si Occidente lo dice! Sin embargo son los primeros en violar las treguas, como asistimos en la actualidad con el cese al fuego acordado con Irán. Uno de los puntos principales que no es respetado es detener la agresión contra el Líbano, que ya casi tiene tantas víctimas como el propio Irán. Como siempre en la lista encontramos civiles de toda condición, también soldados regulares, miembros de los cascos azules de Naciones Unidas, periodistas -por supuesto- y hasta un sacerdote católico. Sin hablar de la infraestructura, de los hospitales, de las escuelas y universidades. Pareciera que estos ataques no se realizan pese a ser crimines de guerra, sino porque son crímenes de guerra. La ley no importa. Estos bombardeos después del acuerdo entre Estados Unidos e Irán recuerdan el ataque al crucero ARA General Belgrano en 1982, que fue hundido fuera de la zona de guerra, sólo para terminar con la paz.

Ah, Israel invadió el Líbano ese mismo año, otra vez.

Porque quien más pierde con un cese al fuego es el gobierno israelí. La guerra debe seguir, para que Netanyahu escape de las causas penales que tiene. Debe seguir, porque el proyecto de expansión territorial que sustentan sectores de extrema derecha así lo exigen.

Pero quizás sea peor: el conflicto debe seguir porque Israel ya no sabe vivir en paz, por lo que la guerra asume las funciones de un modo de ser en el mundo. Aseguradas las condiciones de existencia del Estado de Israel desde hace tiempo, aun a costa de las resoluciones de las Naciones Unidas, faltan las razones políticas para guerrear y es ahí cuando son reemplazadas por los motivos bíblicos. Si bien nunca estuvieron ausentes, ahora son los únicos.

Quienes parecen estar en búsqueda de la política son diferentes intelectuales árabes que publicaron un manifiesto a principios de marzo. Encabezan el médico Abu Sittah, rector de la Universidad de Glasgow, el sociólogo Sbeih Sbhei, de la Universidad de Aix-en-Provence, el abogado Salah Hammouri, entre muchos otros. Es un documento extenso y complejo, donde recuadra la guerra en medio oriente dentro de los movimientos de liberación nacional característicos del Sur Global. Retoma la idea del intelectual en el pueblo, que es el principio y fin de la acción. Alerta sobre la “decadencia política que produce pobreza intelectual y cultural” y que al final termina por aceptar las categorías de análisis del enemigo. Por eso sostienen que “lo que se enfrenta no es un apartheid funcional, como en la Sudáfrica blanca, sino un exterminio deliberado como en Gaza”.

“Conceptos como liberación y proyecto nacional deben ser reformulados desde la realidad de las condiciones materiales de los ámbitos de la resistencia”. Así nunca los van a invitar a los cocteles de la Embajada de Estados Unidos.

Dejemos la frase del final a Charles de Gaulle, que al comentar la “guerra de los seis días” de 1967, afirmó “ahora, (Israel) organiza sobre los territorios que ha tomado la ocupación que no puede ir sin opresión, represión, expulsiones, y si se manifiesta contra ello una resistencia, la calificará a su vez como terrorismo”.  «



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